Leí recientemente un artículo sobre una investigación del economista y profesor de Darmouth College (Hanover, Estados Unidos), David Blanchflower, que habla de una curva de felicidad: estudios en 134 países para determinar la conexión entre el bienestar y la edad, revelaron que en promedio, la edad más infeliz de las personas en los países desarrollados es a los 47,2 años, mientras que en las naciones en desarrollo es a los 48.2. Blanchflower explica que «a los 47 la gente se vuelve más realista, ya se dieron cuenta que no van a ser el presidente del país. Ya pasados los 50 años te vuelves más agradecido por lo que tienes». Estar en la mediana edad nos hace más vulnerables.
Esto me preocupó como cuarentona (casi cincuentona), más aún pensando en la vulnerabilidad a la que estamos en plena pandemia del COVID-19, que nos ha obligado a todos sin importar la edad, a confinarnos en nuestros hogares, cambiar nuestra forma de trabajar, estudiar, relacionarnos con los demás y hasta en la forma de vestirnos, luego que las mascarillas se han vuelto parte del atuendo además de herramienta de prevención de contagio. Existe entonces la opción de sentirme felíz en esta etapa de mi vida?
Recien cumplí los 49 y pensé en documentar mes a mes cómo viviría el camino a mi 50 aniversario en medio de una pandemia y empecé mal. A dos días de mi cumpleaños mi esposo y yo dimos positivos al COVID-19. El se llevó la peor parte, pero en mi caso, paralelamente a los síntomas físicos ya conocidos, tuve que lidiar con el impacto psicológico de la enfermedad, algo de lo que generalmente no se habla ni se considera entre los síntomas o el tratamiento, aun conociendo de la otra pandemia de enfermedades mentales que va al alza.
En primer lugar, mis niveles de miedo y ansiedad se elevaron inmediatamente pensando que podíamos contagiar a nuestros hijos, particularmente a mi hija con precondiciones de salud asociadas a su discapacidad. Me invadió la incertidumbre de lo que pasaría en los días siguientes: terminaríamos ambos hospitalizados? qué pasaría con nuestros hijos en ese caso? y lo peor de todo, si una vez contagiados la alternativa es curarse o morir, qué pasaría con nosotros?. En un primer momento no sabíamos cómo reaccionarían nuestros organismos al virus. Me invadió una frustración que no había experimentado en mucho tiempo, pensando en todos los meses que nos cuidamos tanto cumpliendo las reglas de prevención y protocolos, para venir a infectarnos justo al final del año y a las puertas de la tan ansiada vacuna.
De más está decir que pase una navidad y año nuevo en modo pánico, con los niveles de estrés por los cielos y una tristeza que se volvió depresión. Tenia las lagrimas a flor de piel por cualquier cosa. Cuando me preguntaban si estaba mejorando, físicamente sí, pero no podía expresar lo que emocionalmente estaba sintiendo. No tenía deseos de hablar con nadie y casi no conversaba siquiera con mi esposo mas de lo que fuera necesario. Sentía rabia.. por que yo? siempre yo.
A la vez pensaba en todos aquellos enfermos de covid-19 que en ese momento se encontraban en los hospitales luchando por sus vidas, conectados a respiradores. Pensé en la tristeza de sus familias al no poder estar cerca de ellos y en aquellos que los perdieron, mientras yo me encontraba en mi hogar junto a mis seres queridos.. y di gracias!
En medio de todo, en vísperas de la Navidad decidí vestirme (sin faltar guantes y mascarilla), y servir la cena como si fuera a recibir invitados, para que los niños sintieran un poco de normalidad o entusiasmo. No pudimos cenar todos juntos, ni abrazarnos para mantener la distancia necesaria, pero de alguna manera me ayudó a relajarme.
El dia que la segunda prueba resultó negativa, sentí una alegría indescriptible y que un peso enorme había sido removido de mí. Empecé enero con mejor ánimo pero las secuelas del estrés vivido se manifiestan después fisicamente, asi que estoy aun en recuperación.
Escribo esto para destacar que junto a la atención de los síntomas físicos de la enfermedad, la salud mental del enfermo y la familia se ven impactadas y deben también ser tratadas. Afortunadamente nuestra red familiar más cercana se unió para apoyarnos para hacer compras, alimentos preparados, materiales de limpieza, hasta juguetes y actividades para que los niños sobrellevaran el aislamiento. Eso demuestra la importancia de la solidaridad con las familias que se encuentran pasando situaciones similares para apoyarlas en la medida de nuestras posibilidades.
Falta aún para que esta pandemia termine y podamos volver a la normalidad. Seguiré documentando lo que suceda en los próximos meses. Que si soy felíz a los 49? pues haber superado el covid-19 y que mis hijos no se contagiaran es un buen motivo para estarlo, entendiendo que la felicidad no es un estado permanente, hay que buscarla y encontrarla dentro de nosotros mismos sin importar la edad o las circunstancias que nos rodean.
